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viernes, 11 de septiembre de 2009

Último Discurso de Salvador Allende

ESTAS SON MIS ULTIMAS PALABRAS
Palacio de la Moneda, Santiago de Chile, 11 septiembre 1973

Seguramente esta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.

Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron los soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha auto designado, más el señor Mendoza, general rastrero... que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado director general de Carabineros.

Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.

Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo.

En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los Colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha.

Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos... porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos.

La historia los juzgará. Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse.

El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición, pretende imponerse.

Sigan ustedes, sabiendo, que mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza, de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

jueves, 18 de junio de 2009

Hortensia Bussi Soto, viuda de Salvador Allende, falleció este jueves en Santiago de Chile

Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende



Por Óscar Soto Guzmán*

Tencha, como la conocíamos sus amigos y como la llamaba familiarmente el ex presidente, fue una persona que reunió muchas facetas que la hacen particularmente querida. Fue la esposa y compañera de Salvador Allende, a quien conoció en la noche del 24 de enero de 1939 a la salida de una proyección cinematográfica, comentando la enorme intensidad de un terremoto que sacudió las provincias de Ñuble y Concepción y que ocasionó más de 40.000 muertes.

Hizo de compañía de Allende en sus múltiples actividades sociales y políticas. En una relación sentimental difícil con un hombre también difícil le dio tres hijas: Carmen Paz, Beatriz e Isabel, también con vidas intensas.

El 11 de septiembre de 1973, cuando los golpistas ya habían bombardeado la residencia presidencial de Tomás Moro, donde se encontraba Tencha, los que en el Palacio de la Moneda acompañábamos a Salvador Allende le vimos enjugar una lágrima al no saber, en esos momentos, la suerte que su esposa había corrido. Tencha y dos de sus hijas se exiliaron en México, y Beatriz, que estaba embarazada, lo hizo en Cuba, de donde era su marido.

A partir de esos nefastos días Tencha se volcó en el trabajo solidario con los chilenos que sufrían la dictadura de Pinochet. Todos los países conocieron su itinerario incesante por la lucha democrática del pueblo chileno. Incluso el Papa recibió a Tencha para oírle su discurso sencillo, amable, pero firme en la defensa de la libertad.

Tencha era profesora de Historia, egresada del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Lectora impenitente. Gustaba de todas las manifestaciones artísticas. El Museo del Prado en Madrid y el Picasso de Barcelona la tuvieron siempre entre sus visitantes.

Tencha nació el 22 de julio de 1914. Ha fallecido con 94 años habiendo sufrido sin quejas las secuelas de una tuberculosis pulmonar y vertebral que minó progresivamente su capacidad respiratoria. Seguramente no habrá hogar modesto en Chile y en muchas partes del mundo donde no se sienta hondamente su fallecimiento.

*Óscar Soto Guzmán fue médico de cabecera de Salvador Allende


viernes, 12 de septiembre de 2008

Salvador Allende: Ejemplo de lucha y consecuencia

A 100 años de su nacimiento y 35 de su muerte
Un pequeño homenaje desde la Juventud Comunista del Perú - Patria Roja

lunes, 7 de julio de 2008

Discurso de Guillermo Teillier, Presidente del PCCH en la Plaza de la Constitución. Santiago de Chile



"Allende estaría en algún lugar construyendo un programa de unidad"


Por Guillermo Teillier (*)


Compañeras y compañeros:

En primer lugar quiero agradecer, a nombre de los organizadores de este acto, la presencia de cada una y de cada uno de ustedes, en esta plaza memorable donde el recuerdo de Salvador Allende quedará estampado para siempre. Y debo agradecer a aquellos moradores de esa casa (indica La Moneda) que nos han permitido hacer aquellas proyecciones y hacer este acto aquí.
Y, como lo decía Allende, gracias compañeras y compañeros por la actitud cívica que están observando. Que no se diga que el pueblo, que los estudiantes, que los jóvenes, que los comunistas sólo salen a la calle a gritar o hacer desmanes. No, señores, aquí estamos con responsabilidad, y tenemos que seguir con responsabilidad, así como esperamos nosotros también que se respeten nuestros derechos y esperamos el 11 de septiembre poder pasar por aquí, por calle Morandé, sin tener ningún tipo de problemas.

Queremos celebrar los 100 años del natalicio de Salvador Allende con serena alegría.

En estos días se han realizado en Chile y en el mundo entero una serie de celebraciones, debates, foros y otros encuentros que han centrado su atención, desde diversos ángulos y perspectivas, en lo que fue el gobierno de la Unidad Popular, de cómo se obtuvo el triunfo de esta idea, plasmada desde muy temprano en nuestro país por Salvador Allende y las fuerzas de izquierda, progresistas, democráticas y revolucionarias y también de cómo se consumó el golpe de Estado que estableció en Chile la negra noche de la dictadura política y militar de la derecha y sus socios imperialistas norteamericanos. Como es natural, en estos debates se producen diferencias de opiniones, matices, pero algo queda muy claro, el preclaro liderazgo, el cariño y la fuerza con que convoca a los pueblos de diversas latitudes nuestro querido Presidente Salvador Allende Gossens.

Hablo de serena alegría con toda intención porque sí, es una alegría, un profundo orgullo para nuestro país que naciera en nuestras tierras este insigne personaje de nuestra América Latina, ejemplo de heroísmo, de lealtad y capacidad de conducción de un proceso revolucionario en aras –tal como él lo decía- de la reivindicación de las masas trabajadores, en medio de la situación tan adversa que vivían los pueblos, en la época de su consolidación como gobierno.

Recordemos que los países del sur del continente eran presa de una serie de golpes de estado que dejaron cientos de miles de víctimas, miles y miles de detenidos desaparecidos y ejecutados por razones políticas, centenares de miles de detenidos y torturados, millones de exiliados o desterrados –crímenes de lesa humanidad sobre los cuales, en la mayoría de los casos, aún pesa la impunidad.

Chile y su gobierno legítimo, encabezado por Salvador Allende, no pudo evitar ser víctima de esta estrategia norteamericana que se asentaba en las campañas de desestabilización, en la división de las fuerzas democráticas, en la más sucia campaña del terror, en el financiamiento de siniestras campañas de sedición política y militar.

Por ello es que hablo de serena alegría, porque al mismo tiempo que somos testigos de cómo la figura de Allende se agiganta día a día, no podemos dejar de recordar a nuestras víctimas, a nuestros héroes, a todas y todos aquellos, de los distintos partidos y movimientos populares, que los verdugos asesinaron por miles, porque así pensaban, podrían enterrar para siempre la figura, las ideas, la calidad humana, el patriotismo y la serena lealtad del Presidente de Chile, que prefirió inmolar su vida antes que ponerse de rodillas ante el imperio y los amos y señores del poder financiero y expoliador de nuestras riquezas básicas.

Y en cambio, qué triste final el del dictador que pretendió poner una lápida a la dignidad, a los derechos y a la libertad de los chilenos. Allí yace, en un oscuro rincón olvidado, hasta mal habido, al que ni sus propios obsecuentes partidarios de entonces, los señores de horca y cuchillo que lo empujaron a la deslealtad y la traición, se atreven a visitar. Allí está el dictador, muerto, olvidado, enterrado para siempre.

Nosotros en cambio, todos los que estamos acá presentes sin excepción alguna, los que en el mundo levantamos el nombre de Allende, aquí estamos con la frente en alto, orgullosos de nuestra lucha, de nuestro sacrificio, dispuestos a seguir adelante en la búsqueda de una sociedad más justa, igualitaria y democrática.

Desafiamos a estos señores que quisieron engañar al mundo diciendo que dieron el golpe de estado para salvar la democracia, los desafiamos a construir la democracia más profunda, la más auténtica, la del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, sin exclusiones, la de la más amplia participación, la de la más profunda justicia social, la de la soberanía nacional, económica y política que Chile merece.

Sabemos la respuesta, no darán un paso si no se sienten obligados a hacerlo. No fueron capaces de abrir camino a una reforma electoral parcial, le temen al voto de los jóvenes, le temen al voto de los chilenos en el exterior, temen que los dirigentes sociales puedan, como tales, aspirar a ser parlamentarios; no quieren que los trabajadores recuperen sus derechos. Solo quieren seguir sirviendo a los que se llevan de Chile el 65 por ciento de nuestro cobre, percibiendo utilidades superiores a los del Producto Interno Bruto de Bolivia y Paraguay juntos.

Uno de sus candidatos, el señor Piñera, ha comprometido ya la privatización de Codelco. Que sepa desde ya que no lo permitiremos si, por desgracia, llega a ser Presidente de Chile.

Chile necesita ser dueño de su destino. Por eso es que hoy, cuando celebramos este centenario, debemos también meditar con serenidad. Ya no es la hora sólo de la palabra o de la acción contestataria. Es la hora de la unidad de las conciencias y de las voluntades, más allá de donde se encuentren, pero que estén en disposición de buscar una alternativa de gobierno libre del dogma y de la institucionalidad neoliberal que cada vez se demuestra más ineficiente en la solución de los problemas de los trabajadores, de la gente modesta, de la llamada clase media, de los pequeños empresarios, campesinos, de las mujeres, ancianos y niños, de los pueblos originarios.
Chile necesita de una democracia de verdad. No queremos que vuelva la derecha al poder, no queremos que vuelva la derecha al poder, pero no queremos seguir viviendo con este remedo de democracia, encadenados al lastre antidemocrático que dejó Pinochet, en la Constitución amañada que hoy nos rige.

Es la hora, tal como lo proclamó Salvador Allende el año 1944, cuando era Secretario General del Partido Socialista y dijo: "Los socialistas llamamos a la izquierda a unirse en torno a un programa; un programa que agitaremos desde la calle y desde el Parlamento; un programa de interés nacional que reúna el máximo de voluntades en torno a él". Y quiero decirles, para los que no conocen la historia, que cuando Allende dijo estas palabras, comunistas y socialistas estaban profundamente distanciados.

Como todos saben, hemos levantado -los comunistas- junto a la Izquierda Cristiana que acaba de obtener su legalización como partido y al Partido Humanista, hemos levantado el Juntos Podemos Más como el pacto electoral con el que enfrentaremos la lucha por obtener alcaldes y concejales de izquierda en las elecciones del mes de octubre, en la cual también, mediante acuerdo por omisión, esperamos echar abajo la mayor cantidad posible de alcaldías de derecha y fortalecer las fuerzas que están por terminar con la exclusión.

Por otra parte, sabemos también que comunistas y socialistas y otras fuerzas de izquierda estamos en veredas distintas. No es la primera vez que esto ha ocurrido en nuestra historia. Pero sabemos que existe un pueblo socialista, y aquí hay muchos de ellos, un pueblo comunista, un pueblo de izquierda; existe un pueblo allendista que sobrepasa a todos nuestros partidos juntos, que no sólo siente la añoranza del pasado, porque esta causa también la abrazan miles y miles de jóvenes que no conocieron la experiencia de la Unidad Popular o del golpe de estado, pero que sus ojos se abren ante la verdad y que se sienten impelidos, como otros pueblos de América, a seguir la senda de Allende.

Estamos en otro tiempo, es verdad, las cosas han cambiado, también es verdad, pero en lo esencial, en nuestro país, en muchos aspectos las cosas han cambiado para peor y ante ello, no es posible darle la espalda a la historia ni a nuestro futuro. Allende es historia y es futuro y la historia de hoy y de mañana, como lo afirmaba el propio Salvador Allende, siempre la escriben los pueblos y no los que se interponen en su camino.

Por ello es que nosotros, en la misma medida que somos intransigentes en la defensa de los derechos de los trabajadores, estamos dispuestos a buscar convergencias tras objetivos, como el término de la exclusión, que beneficien a la mayoría de los chilenos y en especial a los trabajadores, porque hoy los límites, las diferencias en las bases, son difusas y cada vez lo serán más, en la medida que la lucha y la unidad del pueblo haga más patente la necesidad de cambios profundos en nuestro país.

Algunos se preguntan dónde estaría Allende hoy día. Yo no quiero herir la susceptibilidad de nadie, pero estoy seguro que no estaría en la Concertación, pero tampoco estaría en el Juntos Podemos Más o en el Partido Comunista. Allende estaría en algún lugar construyendo un programa de unidad, estaría por cierto junto a las luchas de los trabajadores, de los estudiantes, de los profesores, de las mujeres. Sin duda estaría por la distribución gratuita de la píldora del día después. Estaría defendiendo nuestro cobre, luchando por los campesinos, por los pueblos originarios. Estaría en la búsqueda de mejores relaciones con los países hermanos, con Bolivia, Argentina, Venezuela, Cuba, Ecuador, Brasil, Uruguay, etc.; buscando solución a los problemas de los combustibles en esa fronteras.

Estaría profundamente preocupado por la salud y la educación. Estaría ni más ni menos que completando la obra del gobierno de la Unidad Popular que, por más que se ha querido borrar, sigue vigente y se nota porque si no fuera por la nacionalización del cobre o la reforma agraria, no tendríamos lo que hoy tenemos como país, pero que evidentemente hay que distribuir de forma racional en beneficio de las mayorías de nuestro pueblo.

Compañeras y compañeros, agradezco profundamente a quienes me han antecedido en la palabra. Hubiéramos querido que muchos más estuvieran presentes en esta tribuna. Saludo especialmente al compañero vicepresidente de la Central Unitaria de Trabajadores; saludo a la compañera Isabel Allende, presidenta de la Fundación Salvador Allende, fundación con la cual hemos trabajado de conjunto en Chile y con perspectiva internacional para que los cien años de Salvador Allende tengan la connotación que se merecen. Hemos dejado diferencias de lado y eso es posible cuando se trata de figuras como la de Salvador Allende. Y quiero agradecer a nuestro compañero Eusebio Leal y a través de él, y en especial a través del compañero Fidel Castro, yo quisiera saludar a todos los pueblos del mundo, a todos los que nos han entregado su solidaridad y a todos los que nos acompañan hoy día en Chile para enriquecernos con su presencia, con la solidaridad que siempre nos prestaron y que nosotros siempre decimos: algún día, o siempre –hoy y mañana- estaremos dispuestos a devolverles la mano.

Compañeras y compañeros: ¡Con Salvador Allende, con Neruda, con Víctor Jara, con Miguel Henríquez, con Carlos Lorca, con nuestra querida compañera Gladys Marín!, ¡Mil veces venceremos! ¡Viva Salvador Allende, Viva Chile, Viva la unidad de los pueblos latinoamericanos!

(*) Guillermo Teillier Presidente Partido Comunista de Chile